William Chakespeare

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01 noviembre 2009

Madrid , ciudad cerrada por obras



Transitar por la zona centro de Madrid es un ejercicio arriesgado para los peatones a causa de las innumerables, interminables e inconmensurables obras que se están llevando a cabo tanto en la calle Serrano y sus aledaños, como en el Paseo de de Recoletos o Prolongación de O’Donnell, por citar unas cuantas de las muchas y variadas obras de todo tipo que han convertido a Madrid en un ruidoso hormiguero en el que se afanan obreros, excavadoras, zanjas, vallas, pasarelas metálicas y demás artefactos que quieren compaginar al tráfico de coches y peatones con las obras y sus exigencias de espacios y, por lo tanto, de cortes de tráfico que llegan siempre sin previo aviso a los conductores que se encuentran sorprendidos, en un momento dado, al comprobar que por la calle que circulaban ayer, mejor o peor, hoy está cortada porque las obras de esa zona así lo exigen y tienen que buscar la salida de ese laberinto inextricable en el que se ha convertido esta ciudad siempre abierta a todos y a la que ahora sólo le falta colocarle el letrero “cerrada por obras”.
Los peatones también tenemos que sortear las múltiples zanjas, cruzando pasarelas metálicas, instaladas sobre andamios de madera improvisados, que más de uno miramos con aprensión antes de atrevernos a pasar por encima de ellos, con la sospecha y el temor de que, en cualquier momento, caigan las plataformas y los viandantes que circulan sobre ellas a los profundos e insondables abismos que hay debajo y que muestran a la vista de todos los amenazantes peligros de cañerías, cables, pivotes, varillas punzantes para formar el entramado del hormigón armado inhiestas y mostrando sus aceradas puntas.
Hace aproximadamente un mes, un famoso joyero de la calle Serrano resbaló en una de esas pasarelas improvisadas y cayó, agudizándose por el golpe la enfermedad que le aquejaba y cuyo agravamiento le supuso la muerte pocos días después. No es extraño que tal accidente se pueda producir y lo que sorprende más aún es que no haya más de ellos, teniendo en cuenta la dificultad notoria que ofrecen dichas calles céntricas para poder circular por ellas sin sufrir una caída o un tropezón en el dédalo caótico en el que se ha convertido por dichas obras de remodelación.
Pero si algo sorprende a quien transita continuamente por esas zonas afectadas por las obras, es que las mismas puedan seguir su curso y los obreros sigan trabajando en unas condiciones de auténtica confusión y cambios continuos de dichas zanjas, pasarelas, señales, vallas y demás elementos que van cambiando, día a día, el mapa geográfico de la ciudad y sometiendo a todos los viandantes, conductores y, por supuesto, obreros implicados en dichas obras, en un esfuerzo continuo de adaptación a los cambios de trazados de las pasarelas que llevan al viandante hasta el final del laberinto que es la salida al asfalto o a la acera de nuevo, entre el ruido de las perforadoras, los pitidos de las grúas, los bocinazos de los coches y los gritos de los capataces a los trabajadores que le dan órdenes a diestro y siniestro, elevando la voz para hacerse oír en el guirigay en el que se ha convertido el centro de Madrid.
Aunque el esfuerzo de convertir a Madrid en una ciudad cada vez más transitable, moderna y adaptada a las exigencias de una gran ciudad, de una capital importante europea, exige el sacrificio de todos que tenemos que aguantar muchas molestias hasta ver terminadas estas mastodónticas obras, no hay que olvidar que si los peatones y conductores nos quejamos de que es insoportable dicha situación, sobre todo por los muchos meses y años que pueden durar, es siempre mucho peor la situación de los trabajadores implicados en esas obras que tienen que aguantar, sin moverse del lugar, día tras día, los ruidos, el duro trabajo, el calor, el frío, la lluvia y todas las inclemencias del tiempo, pero, además, creo que lo peor de todo, soportan la incomprensión de los ciudadanos que los miran, miramos, con ojos acusadores de ser los causantes de tantas molestias, de tanto follón, cuando ellos son, en definitiva, los que las están sufriendo más de cerca y con todo el rigor, y los que están trabajando en condiciones terribles de premura, esfuerzos físicos, ruidos, exigencias y malas condiciones meteorológicas y, además, teniendo que aguantar las mismas ganas que tenemos los demás de salir corriendo de allí y dejar atrás todas las obras y su retahíla interminable de molestias.
Aunque los ciudadanos somos quienes pagamos las obras, no deberíamos olvidar que ellos también lo son y pagan sus impuestos y, además, pagan los platos rotos de las quejas, las malas caras y los reproches de los demás ciudadanos y, por si fuera poco, hacen el duro trabajo. Algunos dirán que para eso cobran el trabajo que realizan, pero todos nos quejamos siempre de las condiciones laborales que soportamos (algunos de no tener que soportar ninguna, porque están en paro, y que cada día son más) y no por el hecho de cobrar el sueldo nos sentimos proclives a dejar de quejarnos del jefe, de los compañeros, del trabajo en sí y las mil y una pegas que todo trabajo siempre comporta.
Madrid está cerrada por obras, dicho de forma metafórica, y todos protestamos y nos sentimos agobiados: peatones, conductores, comercios que se ven afectados por la escasa afluencia de clientes debida a las obras, y los propios obreros que las realizan. El único que está contento es el alcalde de Madrid porque va a dejar a Madrid “más bonito que un San Luís”, aunque la pérdida de la candidatura de Madrid como sede de los Juegos Olímpicos de 2016, parece haber enfriado su ánimo y el de todo su equipo, pero no por ello las obras dejan de continuar su curso hasta su finalización lo que provocará un respiro de alivio en todos, aunque durará poco ya que, acabadas unas, comenzarán otras y vuelta a empezar.
Las ciudades son organismos vivos que necesitan reparaciones, reformas, nuevos trazados y, sobre todo, poner en circulación el dinero del que se dispone (sea o no con créditos) para así dar trabajo a empresas y a trabajadores que, de no ser así, engrosarían las interminables filas de parados que sumen en la depresión económica y anímica a la sociedad y a los propios ciudadanos que miran el futuro con aprensión y piensan, pensamos, que es preferible sentir el ruido, las molestias y los agobios de las obras, que siempre parecen dinamizar a la vida de una ciudad y, por consiguiente, de todo un país, porque demuestran que aún hay empresas que siguen trabajando y ofreciendo empleo a muchos trabajadores, los mismos que quedarían parado en esta crisis económica y social en la que lo que da miedo es no seguir viendo a obreros trabajando y oír el estrépito de las maquinarias en plena tarea, porque cuando todo desapareciera y se quedara en suspenso la ciudad, también sería la propia sociedad la que quedaría sumida en el silencio siniestro de los cementerios.