Traductor

Google
Google

Buscar este blog

27 agosto 2017

El I Centenario del nacimiento de Juan Rulfo


Juan Rulfo

En este año se   celebra, entre otros  sonados centenarios, el I Centenario del nacimiento de Juan Rulfo, novelista y cuentista mexicano, nacido  el 16 de mayo de 1917 en Apulco (Jalisco), escenario de batalla  de la Guerra Cristera (1926-1929)  que tuvo una gran influencia en su vida y en su obra.

En 1919  se trasladó con su familia a San Gabriel. Cuatro años más tarde, el padre de Rulfo murió asesinado  y, un año después, el futuro escritor ingresó en la escuela primaria. Posteriormente, en 1927,  fue enviado junto con uno de sus hermanos a un internado de Guadalajara para que continuara sus estudios. A finales de  dicho año falleció su madre.

Años más tarde, intentó sin éxito ingresar en la Universidad Autónoma de México en la Facultad de Derecho y, al no conseguirlo, en la de Filosofía y Letras. Por ese fracaso estudiantil,  empezó a trabajar en la Secretaría de la Gobernación, donde conoció al escritor Efrén Hernández.

Su primera obra  fue la novela Los hijos del desaliento, en 1938, aunque  la destruyó por considerarla “una novela autobiográfica llena de divagaciones personales, sin ningún interés literario”. Fue cuando comenzó a colaborar en la revista América;  y así mismo, publicó dos cuentos en la revista Pan, que años más tarde  serían incluidos en El llano en llamas (1953), junto con otros  relatos que  siguieron publicándose en revistas. A esos relatos se sumaron dos cuentos más,  en la edición de 1970, creando  así un conjunto de diecisiete en total, teniendo la mayor parte de ellos como tema central la vida de los campesinos mexicanos.

Fue a partir de 1946, año en el que comenzó a trabajar para la empresa Goodrich Euzkadi como viajante, cuando comenzó a iniciar su importante obra fotográfica. Después, se incorporó al departamento de publicidad de  la  citada empresa y se publicaron  en revistas dos capítulos de su obra “Pedro Páramo” (1955) y, posteriormente, se publicó el libro completo que  fue traducido inmediatamente al alemán la obra completa por Mariana Frenk y, posteriormente, al inglés, francés, italiano, sueco, polaco, noruego y finlandés.

·”Pedro Páramo” su obra más emblemática y una de las grandes de la literatura contemporánea en lengua española, narra la tragedia de los campesinos del estado mexicano de Jalisco,  y tiene como escenario uno de sus pueblos, Comala, donde vive “un tal Pedro Páramo”,  La descripción de desolación, el sufrimiento y la muerte  imprime carácter a la prosa de Juan Rulfo,  dotándola de una gran carga poética y emotiva.

Además de su creación de cuentos, escribió guiones  que llevan los títulos de El despojo, basado en una idea suya; El gallo de oro (1964) inspirado en una idea del novelista con guión de Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez; La fórmula secreta (1965), de Rubén Gámez con textos de Rulfo. Muchos de sus relatos han sido llevados al cine En 1967, el director Carlos Velo llevó al cine Pedro Páramo y, en 1973, Alberto Isaac realizó el largometraje El rincón de las vírgenes, basado en dos cuentos de Rulfo..

A lo largo de su vida fue un gran viajero y participó en varios encuentros internacionales entre sus premios destacan  el Premio Nacional de Literatura en México; y, en 1983, el Premio Príncipe de Asturias.

Murió en 1986 en la ciudad de México.





.

18 abril 2017

Cartas de Herman Melville a Nathaniel Hawthorne


Herman Melville (izda.) y Nathaniel Hawthorne













La interesante correspondencia dirigida a Nathaniel Hawthorne por Herman Melville, autor de la  inmortal novela “Moby Dick” 

Ana Alejandre                                                                                      

La editorial La Uña Rota publicó hace unos meses una obra en la que se recoge la correspondencia que mantuvieron Herman Melville y Nathaniel Hawthorne, aunque más apropiado sería decir las cartas que dirigió el primero al segundo, de las que se conservan diez y sólo una de las recibidas por Melville. Este corto número de cartas se suma a otras dirigidas a otros destinatarios y no pasan de la cifra de trescientas, por lo que la correspondencia de Melville es una de las más escasas que se conservan de grandes autores y contrasta sobremanera con las nueve mil cartas que existen de Benito Pérez Galdós o las doce mil de Henry James, según afirma en el prólogo de este libro Carlos Bueno, lo que convierte a la correspondencia de Melville en verdaderamente exigua, pero su cortedad no le resta un ápice de interés por la personalidad de su autor.

Muchas de sus cartas desaparecieron en incendios y naufragios, lo que es lamentable, pues con ellas se perdieron todas las vivencias que narrara, ya que toda correspondencia es una de las fuentes de información más importante de la vida e idiosincrasia de su autor que, en el caso de Melville, se muestra como una naturaleza excesiva y entusiasta, aunque también taciturno y hogareño que rehuía las relaciones sociales, excepto con Hawthorne con quien inicia su amistad sin ningún tipo de recelo y de forma sincera y apasionada. Además, por confesión de Melville, se sabe que destruía todas las cartas recibidas después de su lectura, llevado por un "vil hábito" como el escritor lo denominaba.

Ambos autores estaban en pleno auge de sus respectivas carreras literarias, aunque esto no le impedía a Melville compaginar la escritura con la bebida para ahuyentar sus demonios interiores, temores e inseguridades. En los meses en los que fueron escritas las cartas, entre 1851 y 1852, Melville explica a Hauthorne su vida en la granja Arrowhead de Pittsfieldm, Massachussets.

Ambos escritores se conocieron el 5 de agosto de 1850, bajo una fortísima tormenta de la que intentaron refugiarse en un abrigo de la Monument Mountain, rodeados de peñascos y bajo la luz blanquecina de los rayos y el fragor de los truenos. Durante dos horas estuvieron perdidos y cuando los encontraron estaban ajenos a todo y manteniendo una interesante conversación que puso de manifiesto sus afinidades intelectuales y sus inquietudes morales sobre cuestiones candentes de la época, lo que dio pie a su amistad, una de las más breves, intensas y polémicas de la literatura norteamericana. Tal fue de intensa su amistad que Melville le dedicó a Hawthorne su obra "Moby Dick", que estaba escribiendo en esos momentos con una dedicatoria alabatoria a su amigo: "En señal de mi admiración a su genio este libro está dedicado a Nathaniel Hawthorne". Parece ser que su sincera admiración no fue correspondida en igual medida por este último. Esta correspondencia muestra el genio de los dos corresponsales: el de quien escribe las cartas y el otro que es aludido.

Las cartas muestran que la amistad de ambos escritores se fraguaba en las muchas veladas que Melville pasaba en casa de Hawthorne, en las que mantenían largas conversaciones hasta el amanecer, bebiendo y fumando, aunque Melville no podía asistir a dichas reuniones con la frecuencia deseada por las muchas obligaciones que le imponía la granja y sus múltiples quehaceres y las cosechas. Eso le obligaba a Melville a desplazarse a un tercer piso de Nueva York para encontrar la paz que necesitaba para escribir su obra más famosa, a la que el autor llamaba "mi Ballena", necesitado de lograr un éxito literario después de tantos fracasos literarios anteriores, aunque sabía y aceptaba el hecho de que la fama es azarosa y siempre condescendiente.

Melville reconoce en esta correspondencia que le que le gusta escribir no da dinero, por lo que no se publica, y afirma que no puede escribir de otro modo, para terminar diciendo : "Así que el resultado final es una chapuza y todos mis libros son un estropicio". Hawthorne, por el grado de confianza y afecto que destilan estas cartas, entendió la importancia de "Moby Dick" en el panorama de la literatura norteamericana, al contrario de lo que hizo la crítica de la época en la que fue publicada dicha obra, y también para la novelística mundial. Esto parece habérselo dicho a Melville, aunque no se conserva la carta, lo que llenó de gozo y entusiasmo a este último tan necesitado de comprensión hacia su obra, sintiéndose solo y rechazado por la crítica, quien le contestó con palabras efusivas y agradecidas ante los elogios de su amigo, afirmando: "He escrito un libro endiablado y me siento puro como un cordero".

Sin embargo, la amistad de ambos escritores estaba llamada a su fin, pues después de la publicación de "Moby Dick", ambos amigos sólo se vieron dos veces. La última de ellas, en noviembre de 1856, fue en Liverpool, donde Hawthorne había conseguido un puesto como cónsul y este notó que Melville estaba un poco más pálido y un poco más triste, lo que achacó a ciertas dolencias que había sufrido Melville por su apasionada dedicación a la escritura y los escasos éxitos conseguidos.

Fue esa falta de éxito lo que motivó, quizás, que Melville dejó de escribir novelas a partir de entonces, después de dedicarse a ello durante diez años, y escribió poesía durante las dos décadas siguientes, aunque volvió de nuevo a escribir narrativa en los últimos años con su novela ".Billy Budd", obra inacabada que cuenta la historia un marino en la Royal Navy de las guerras napoleónicas y que no sería publicada hasta 1924.

Comenzó entonces a vivir una serie de tragedias familiares como fue el suicidio de su hijo Malcolm, con tan solo 18 años, disparándose en la cabeza, aunque se desconocen las razones que le llevó a tomar tan trágica decisión. Después, su segundo hijo, Stanwix, se quedó sordo y murió de tuberculosis a los 35 años, en vida del escritor. Así como su hija Bessie padeció una grave enfermedad y tuvo que requerir cuidados de su madre toda su vida. Todas estas desgracias familiares parecen haber coadyuvado a sus continuos excesos alcohólicos, las continuas infecciones pulmonares y de piel que fueron agravándose con los años.

A pesar de todos sus fracasos literarios, incomprensión y soledad, a los que se sumaron las tragedias familiares vividas, no impidieron que, a partir de 1920 --aunque falleció en 1891-, su figura fuera reivindicada como uno de los grandes escritores universales y su obra "Moby Dick" es considerada una obra cumbre de la literatura mundial que ha inspirado películas, incluso ha llegado al manga, y es una de las obras más traducidas y leídas de todos los tiempos.

Ahora, a raíz de esta correspondencia inédita hasta el momento en España, se puede llegar a conocer mejor a este escritor del que parecía saberse muchas cosas, pero aún quedan otras muchas por conocer de su apasionado carácter y de su innegable talento narrativo que siempre encontró escollos para sobresalir hasta que el tiempo, que siempre descubre la verdad, le ha hecho justicia póstuma, reivindicándolo ante la memoria siempre olvidadiza de los hombres que en vida no supieron apreciar su genio creador y su innegable autenticidad creadora.



24 febrero 2017

El escritor y su obra



Siempre se cree por el los lectores, en general, que la obra literaria es una forma de simple expresión de las ideas de su autor que utiliza la metáfora que es toda historia narrada para expresar su propio ideario, dándole un armazón o esqueleto estructural que le sirva de soporte formal y lógico a la narración.

Sin embargo, la literatura, entendida como el conjunto universal de obras escritas de ficción que narran historias de todos los géneros, no obedece sólo al deseo de cada escritor de contar una historia que le interesa, le sorprende o le conmueve, y a la que le da forma en su imaginario y desarrolla, después, con su talento narrativo y sus recursos estilísticos, formales y estéticos, hasta ofrecérsela al lector en forma de libro.

Es mucho más compleja esa pulsión creativa de todo escritor, porque no escribe únicamente con el fin de narrar una historia, esté o no inspirada en hechos reales, sino que su origen viene desde lo más profundo de su psique y no es otro que la necesidad de entender esto que llamamos realidad y, para ello, se sirve de esa pequeña muestra o franja de la realidad de ficción que es el argumento de la obra literaria, para intentar llegar a entender así al mundo, a las siempre complejas relaciones humanas, al misterio que representan la vida y la muerte; el paso del tiempo, el amor y el desamor, la soledad, la felicidad y la desdicha que son, al fin y al cabo, los arquetipos universales que aparecen en toda obra literaria de una forma u otra. Y, sobre todo, de entenderse a sí mismo que es el micromundo más cercano y desconocido para todo escritor y para todo ser humano.

La obra literaria, pues, toma así una dimensión nueva: la de servir de experimentación para el escritor que, a través del proceso de escritura, va intentando responderse a todas las incógnitas que esos temas universales antes referidos le van sugiriendo, y que son permanentes a lo largo de las generaciones, como si de misterios insondables se tratara y a los que parece que nunca se encontrarán respuestas válidas pero siempre necesarias.

A pesar de la imposibilidad de encontrar respuestas válidas para tantas incógnitas, todo escritor aspira a crear una obra cumbre, una obra que contenga las claves que permitan descifrar esos enigmas que son inherentes a la humanidad y que, a pesar del cambio de épocas, generaciones, costumbres y modas, siguen estando vigentes como enigmas perpetuos a los que todo escritor aspira a llegar a descifrar, aunque sea de forma fragmentaria, pues en una sola obra literaria, o en el conjunto de toda las creadas por cada autor, no pueden contenerse todas las preguntas inherentes a tantos misterios que rodean al ser humano y las probables respuestas a todas ellas.

Esta será siempre una labor que solo, paso a paso y de forma continuada, podrá llegar a responder el ser humano de forma fragmentaria e incompleta, de acuerdo a su talento y maestría narrativa. Sabe de antemano que es una labor conjunta, a pesar de que la literatura y su ejercicio es un trabajo solitario, sumando obra a obra de todos los autores, de todas las épocas y lenguas, como se juntan los granos de arena para formar un desierto en el que el conjunto final va dando sentido, valor y forma global a cada uno de esos granos que lo conforman y que por sí solo carecería de todo significado.

La literatura no es más que el ensayo que todo escritor hace, ante el espejo de su propia imaginación, para intentar ofrecer, al menos, una sola respuesta válida que le permita comprender un poco mejor el gran enigma que es el mundo complejo y caótico que lo rodea y en el que vive ypoeder descifrar así el misterio que su propia humanidad representa para sí mismo. A través de la ficción,, ese mundo y los seres que lo pueblan le sirven de materia prima para realizar su obra, para experimentar con esa realidad falseada, trasunto de la verdadera. Si el pintor o el escultor recrean la imagen que perciben del exterior de forma plástica en el lienzo o en el mármol; el escritor investiga en cada obra literaria para hallar la posible clave que descifre la gran incógnita del mundo y su oscuro significado, del ser humano y su misterio siempre inherente a su condición de tal, y el de la propia sociedad que es el conjunto de iindivíduos que la habitan y conforman.

Es esa sociedad la que, por cercana, no es por ello menos extraña, caótica e inexplicable, pero cuyo estudio es siempre necesario e imprescindible para el escritor en su condición humana y, por tanto, de animal social; y, también, en su condición de escritor, de investigador, a través de la literatura, de ese enigma siempre fascinante que representa el propio ser humano que él mismo es y que no, por ello, conoce mejor que al insondable e infinito universo en el que habita.

La literatura es un simple espejo en el que el mundo y los seres que lo pueblan aparecen reflejados en el azogue temporal de cada obra con mayor o menor acierto y relieve; con mayor o menos profundidad de imagen, porque el talento del escritor y su maestría narrativa, a modo de objetivo de una cámara fotográfica, será quien difumine o recree la imagen con más o menos nitidez, de tal forma que la humanidad plasmada en la obra en cuestión pueda hacer vibrar al lector porque en alguna de esas criaturas de ficción se reconozca, reencuentre e identifique.

Sólo así, cuando la ficción atraviesa la realidad con el dardo de la verdad, de la emoción y de la verosimilitud, es cuando el escritor siente que su esfuerzo y su trabajo de creación han merecido la pena. Entonces, nota que, desde las páginas de la obra que ha escrito, le mira un ser creado por su imaginación, por su talento y capacidad creativa, pero no es un mero personaje de ficción, un ente irreal que nace y muere en las páginas de un libro, sino un ser dotado de humanidad, de carne y hueso incorpóreos pero tan real, tan auténtico que oye el latido de su corazón y puede llegar a sentir miedo de que ese personaje cobre vida física y pueda salir de las páginas del libro para sentarse ante él y preguntarle:¿Para qué me has creado?. Ahora estoy aquí y mi destino te pertenece.". Es entonces cuando siente que el acto de creación literaria es migual que el de cualquier demiurgo que puede dar y quitar la vida. Esa vida que ahora la demanda una criatura de ficción que le exige atención, cuidado y comprensión. El escritor no le puede decir que lo ha creado para intentar comprender algo, una de las muchas incógnitas que la realidad le ofrece, una determinada conducta, una cierta forma de pensar. O que es simplemente el producto de una experimentación psicológica, sociológica o un capricho de autor. Tampoco puede aceptar el escritor que esa vida que el personaje transmite y esa credibilidad es mayor cuanto más ha puesto de sí mismo, de su propio yo, de su subconsciente, de sus miedos, esperanzas o deseos insatisfechos.

Desde ese momento, el escritor siente que el personaje ya no le corresponde, sino que es él el que le pertenece a esa criatura de ficción con la que firmado un pacto de por vida -la vida del escritor-, porque ese personaje se convierte así en un alter ego del autor que le acompañará siempre y le exigirá ser tenido en cuenta, oído, respetado y atendido, por lo que reaparece en muchas de sus obras siguientes. Y, sobre todo, le sobrevivirá y seguirá hablando, actuando, viviendo en cada libro de su autor, y al hacerlo, será ese personaje de ficción el que explique, analice y revele más de su autor que él mismo hizo en vida. Al crear a un personaje, es el propio creador el que está explicándose a sí mismo, analizándose y manifestando su propia idiosincrasia de forma involuntaria. En todas esas criaturas literarias se encuentran muchas parcelas de sí mismo que ni siquiera conoce, muchos aspectos que ignora de su propia personalidad y es ese latido de verosimilitud que subyace en el personaje creado es una segregación de su propio yo, sublimado en una criatura de ficción a la que pone nombre y circunstancias ajenas para así separarla de sí mismo, de su propia personalidad, para convertirlo en "otro", en alguien distinto a si mismo, aunque intuye y teme que ese ser ficticio es más verdadero, más real cuanto más se parece a él, a una parte escondida de sí mismo que sólo el escritor conoce, identifica y, quizás. teme.

Toda creación literaria, toda obra de creación no es más que un intento de comprender el mundo; pero, sobre todo, el propio mundo interior, el propio yo con su contradicciones, claroscuros, miserias y grandezas. No existe un universo más desconocido y misterioso que el que yace en el corazón de cada ser humano. El escritor intenta bucear en él para, por fin, poder llegar a encontrarse consigo mismo, con ese misterio que subyace en el alma humana que, mientras más próximo está, es más insondable y, por ello, más fascinante y temible.


El escritor al escribir no quiere contar una historia por atractiva que pueda ser, sino que intenta comprender la suya propia a través de los personajes de ficción, meros trasuntos de sus propias pulsiones, tendencias reprimidas, deseos insatisfechos y obsesiones. Sólo así, alejándose del propio yo a través de las diversas criaturas de ficción, va encontrando, aunque no siempre. las posibles claves que le permitan comprenderse a sí mismo y, también, al mundo circundante en el que vive y en el que se siente igual de perdido y solo que cualquiera de sus personajes, reflejos bastardos de su propio yo a los que exterioriza para poder comprenderlos, asumirlos y aceptarlos.