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28 noviembre 2015

Rafael Chirbes, la voz de denuncia de la crisis


Rafael Chirbes
AnaAlejandre                                                         

La muerte de Rafael Chirbes, el pasado 15 de agosto, de un cáncer de pulmón fulminante, a los 66 años, deja un hueco difícil de llenar en el panorama literario español, porque fue el escritor que supo ahondar en las cicatrices, en las grietas y sus tenebrosidades de esta España nuestra, desde la Transición hasta este caótico presente, en el que los claroscuros del paisaje nacional toman cada vez más tintes cavernosos, en este país desgarrado por los escándalos de corrupción política, los peligrosos coletazos de los separatismos nacionalistas y la irrupción de la izquierda más radical trufada de un falso triunfalismo apoyado por los distintos pactos, olvidando que la mayoría de votos lo ha obtenido el partido que gobierna.

Chirbes, hombre cordial, aunque reservado, alejado voluntariamente de la vida literaria y sus muchas servidumbres, vivía retirado en una soledad buscada en la casa que le compró a un camionero jubilado, en las afueras de Beniarbeig, hace diez o doce años, en mitad de un paisaje vejado irremisiblemente por la especulación inmobiliaria reciente, con la sola compañía de dos perros, después de haber residido en Cataluña, Extremadura y Marruecos, donde fue profesor de español en Fez.

Escritor polifacético, cronista gastronómico en la revista Sobremesa, estudió Historia Moderna y Contemporánea, después de haber cursado la enseñanza secundaria en colegios para huérfanos de ferroviarios, por lo que estaba costumbrado a la soledad que da la orfandad y el alejamiento de su madre que tenía que trabajar en otras ciudades. Su carácter se curtió en la sabiduría que da la renuncia a vivir esa atmósfera familiar que es tan imprescindible en la niñez y adolescencia, lo que construyó en él ese hábito solitario que le acompañó hasta sus últimos días, pues la soledad se había convertido en su principal y única compañera a lo largo de su vida.

Hombre que disfrutaba de los placeres de la vida hasta que los resultados de unas pruebas analíticas le obligaron a abandonar sus tres paquetes de tabaco diario y los diez gin tonics que tomaba cada jornada.

Su prosa llama la atención, construida en grandes bloques sin apenas puntos y aparte, atrapan al lector en un ritmo vertiginoso ,y crean la atmósfera de la narración, en muchas ocasiones opresiva y desasosegante, que no le deja respiro al lector porque en ella se advierte un dominio del lenguaje impecable y una medida cuidadosa del ritmo y la musicalidad que, según Chirbes, son dos elementos de una narración que están siempre directamente relacionadas con la atmósfera narrativa creada o influenciada por los mismos y su disposición y relación entre sí. Esto se ve en sus dos últimas novelasCrematorio y En la orilla, por las que ha recibido el Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa, respectivamente

El mundo narrativo de Chirbes es lúcidamente desencantado y pesimista, en cuento a la posible salida del laberinto en el que la sociedad española actual está perdida, confusa y desengañada de falsos espejismos de oropel y prosperidad que sólo le han llevado al borde de un precipicio no sólo económico, del que está tratando salvarse con grandes sacrificios, sino también moral y ético en el que ha perdido su propia identidad, el respeto a su tradición, a su cultura, tapadas por los espesos barnices de la posmodernidad, por el turbio convencimiento de que el bienestar económico y sus logros merecen cualquier sacrificio, renuncia y hasta la propia claudicación de su idiosincrasia, de los valores que siempre fueron sus propias raíces de las que se alimentaba. .

Chirbes escribía abriendo grietas profundas en lo que llamamos realidad para buscar en el fondo oscuro de ese vacío que se abre entre la supuesta realidad que se plantea en los despachos oficiales y la que vive cada ciudadano, lo que es lo mismo que la diferencia que existe entre la realidad y el deseo al que nunca se ajusta aquélla. Como historiador le gustaba ahondar en esa realidad del pasado más reciente y el presente de este país, España, que empieza a dar tumbos porque pretende ignorar su propia verdad histórica, su propia identidad. Por ello, buscaba en sus novelas ahondar en esas profundas grietas, abismos insondables, que separan lo que se vive de lo que nos cuentan y la rabia y frustración que genera. Estaba convencido de que toda apariencia es engañosa y encierra el último sentido, el profundo significado de una realidad enmarañada y confusa en el que las imágenes están trucadas como las que devuelven los espejos deformantes. Es esa verdad la que hay que sacar a la luz con el mismo esfuerzo, tesón y constancia que un minero cava en la mina para llegar a encontrar la veta de oro que está sepultada en la negrura de la tierra, esperando ser descubierta.

Su condición de marxista era irrenunciable y definidor, aunque a él le gustaba más definirse como marxista-proustiano por su gran admiración a Proust, al igual que la sentía por Galdós, Dos Passos, Faulkner, Hemingway y otros muchos, lo que le hacía defender al llamado realismo en la novela que muchos denostan y que él defendía como un valor innegable que ha dado grandes obras maestras de la literatura en España y otros países.

Defensor de la nóvela y vigencia de ésta como género, aunque sin someterse a los imperativos de la trama al igual que Benet, en sus novelas no es lo más importante los tres elementos narrativos clásicos como son el planteamiento, nudo y desenlace. En su última novela, En la orilla, las voces de todos los personajes implicados y afectados por el cierre del taller hablan y expresan sus ideas, sentimientos, preocupaciones, pesares y rabia como thilo conductor que va conformando el paisaje humano que crea la atmósfera narrativa. Estas voces, este mundo coral, van desgranando la narración y planteando el problema de la crisis económica y las tragedias que ha provocado en las vidas de tantos españoles que han visto sus vidas rotas a consecuencia de la misma.

Su afirmación de que «no hay riqueza inocente» es una declaración de principios que afirma su crítica demoledora hacia una sociedad sometida al imperio de la corruptela, de la ambición desmedida y de la falta de ética. Toda esta crítica, su pesimismo y su escepticismo ante una sociedad desarbolada y sin más horizontes que los que manda el mercado y sus valores, es por lo que hizo a Chirbes ser más reconocido en el extranjero que en España, porque él representaba el incómodo papel de voz de la conciencia de un pueblo adocenado que se deja llevar al matadero del consumismo más feroz, con la falsa promesa de que allí alcanzará la prosperidad y la seguridad que tanto anhela, aunque sea a costa de perder su propia libertad, criterio y dignidad que lo convierte en incapaz de rechazar la quincallería que le ofrecen los diferentes mercaderes sin escrúpulos ni decencia.

Descanse en paz.


07 julio 2015

Saul Bellow, el novelista rebelde

                                                                                                                   
Saul Bellow
            El próximo 10 de julio  se cumplen cien años que nació Saul Bellow. Este novelista estadounidense, galardonado con el Premio Nobel, nacido el 10 de julio de 1915, en Lachine (Quebec) -hijo de Abraham Belo, un judío ruso que emigró a Canadá en 1912 y cambió su apellido Belo por Bellow-, y creció en la contradicción que suponía la sinagoga a la que asistía con su familia y el contrabando que su padre hacía, durante la Ley Seca, en la frontera de EE.UU. El pequeño Saul escribía sobre aquello que veía de forma novelesca. A los trece años, con un amigo suyo, realizó una parodia en yiddish a T.S. Eliot. A los veinte años firma sus primeras obras como Saul Bellow mientras su familia pasaba por graves apuros económicos.
            Después, cuando tenía nueve años, se trasladó junto a su familia a Chicago y estudió en la Universidad de Northwestern, las licenciaturas de Antropología y Sociología que finalizó en 1937. Sirvió en la Marina mercante durante la II Guerra Mundial y adquirió la nacionalidad estadounidense. Fue profesor de varias universidades americanas.
            Es autor de novelas como Hombre en suspenso, su primera obra publicada (1944), La víctima (1947), Las aventuras de Augie March (1953), Carpe diem (11956) yHenderson el rey de la lluvia (1959), Herzog (1964) y El Planeta de Mir. Sammler, premiadas ambas con National Book Award (Premio Nacional del Libro), que reflejan la lucha de los intelectuales judíos contra la insatisfacción y malestar espiritual que les embarga en la sociedad en la que viven.
            Obtuvo importante premios literarios como el Premio Pulitzer, en 1976, por El Legado de Humboldt (1975) y en el mismo año le fue concedido el Premio Nobel de Literatura. Otras obras posteriores a través de las que este autor prosigue su análisis de la cultura contemporánea es El diciembre del decano (1982). Jerusalén, ida y vuelta (1976) que es un estudio lúcido y emotivo de su visita a Israel, y la novela Son más los que mueren de desamor (1987), a la que sitúa en el Medio Oeste de EE.UU. Sus últimas obras fueron, entre las más destacadas, La verdadera (1997) y Ravelstein (2000). 
            Para conocer mejor  al autor de Herzog, obra cumbre la literatura americana, no hay obra más adecuada que la publicación de la correspondencia de Saul Below (1915-2005) -publicada por primera vez en España por la editorial Alfabia en 2011-. Bellow siempre afirmaba que la novela debería asemejarse a la correspondencia epistolar, por lo que tendría las características de ésta: «Ser suelta, cubrir mucho terreno, avanzar rápidamente, asumir el riesgo de la inmortalidad y la decadencia»
            La paciente búsqueda y catalogación durante tres años del escritor Benjamin Taylor, dio como resultado la colección de cartas de Saul Bellow que fueron escritas entre 1932 y 2004. A través de esta correspondencia se perfila un clarificador autorretrato de su autor y se puede conocer de primera mano el ambiente de cada momento epistolar. En esta colección de cartas se encuentran las que dirigió a esposas, hijos, amantes, lectores, alumnos, coleccionistas de autógrafos y escritores de la talla de Faulkner, Roth, Amis, John Cheever, Ralph Ellison, Bernard Malamud, James Salter, Joyce Carol Oates, Vargas Llosa y un largo etcétera. Además, esta correspondencia nos sirve para ir comprobando los distintos procesos creativos de cada novela bellowiana y así se puede leer lo que afirma del proceso de creación de Herzog «Herzog me tiene hundido —escribe en 1960 a Richard Stern—: como pasa alguna vez en la página cien, mi falta de planificación, o la astucia inconsciente, me alcanza y estoy de nuevo en Montreal de 1922, intentando meter un borracho en la cama, y no estoy seguro de si sabré qué hacer cuando se duerma...».
            A través de esta correspondencia se pueden conocer vivencias de su autor como la que narra, en 1956, cuando Faulkner, presidente del comité antisoviético «People to People», solicita a Bellow que apoye la petición de liberación de Ezra Pound, por entonces internado en un manicomio por su colaboración con el fascismo. a lo que Bellow responde tajantemente: «aconsejó (Pound) la enemistad hacia los judíos y predicó a favor del odio y el asesinato. ¿Me pide que me una a usted para honrar a un hombre que pidió la destrucción de mis parientes?».
            Hay notas definitorias del carácter y rebeldía de Bellow como la que se pone de manifiesto en la carta que escribe, en la primavera del 68, a Meyer Shapiro, cuando le pide opinión sobre su cuento El viejo sistema, porque se lo querían cortar en el New Jorker, por lo que decidió publicarlo en Playboy y, por ello, afirma, «Los trimestrales son tan corruptos como las revistas ilustradas, y Hugh Hefner tiene vicios más agradables que W. Phillips».

            La crítica había calificado a Bellow de “novelista de ideas”, por quedar siempre sus protagonistas intelectuales indefensos y desconcertados ante la evidencia de los acontecimientos y de la propia vida, haciéndoles añicos su sabiduría que resulta inerme ante la fuerza arrolladora de la corriente existencial.

            Se encuentran también en esta inestimable colección de cartas los nombres de los tres escritores a los que considera los mejores: Philip Roth, John Cheever y Martin Amis y, refiriéndose a este último, lo califica como el mejor de los más jóvenes, añadiendo: "Soy demasiado viejo para los caramelos y extrañamente (para un escritor de ficción) desde hace algunos años digo exactamente lo que pienso".

            Esta correspondencia forma una obra imprescindible para quienes se sienten subyugados por la narrativa de este escritor y para los que aún no la conocen, porque, a lo largo de estas cartas, verdaderas crónicas vitales, literarias, sociales y políticas, su autor va perfilando su mejor y acabado personaje: Saul Bellow. 

            Bellow falleció el 5 de abril de 2005 en Massachusetts.

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Nota.-
Este artículo ha sido publicado en Diario Siglo XXI/Cultura/opinión, el 1 de julio del presente año.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/294415/saul-bellow-el-novelista-rebelde#.VZhRSPntmko

19 marzo 2015

Las librerías ¿en  peligro de extinción?


A quienes amamos los libros con apasionamiento total, entrar en una librería es una fuente de placer que proviene de poder mirar, hojear, tocar y hasta oler ese indefinible olor a tinta fresca que fascina antes de comenzar la lectura propiamente dicha, como un gozoso anticipo de las siempre excitantes horas de lectura que esperan dentro de las páginas de la obra escogida.
Ese placer exploratorio de las últimas novedades  literarias in situ parece que corre peligro de convertirse, poco a poco, en un mero recuerdo del pasado, pues las librerías como tales establecimientos abiertos al público en el que se pueden comprar libros con la cata previa de la vista, el tacto y el olfato para los lectores avezados, o del último best-seller para los que buscan las últimas novedades más notorias y mediáticas con independencia de su calidad literaria, parece ser que están en peligro de extinción en su concepción clásica,   porque a bajada en la ventas de libros, además de las nuevas tecnologías y sus posibilidades, entre las que se cuentan los libros electrónicos que van a terminar ganando la batalla, a pesar de la poca aceptación que hasta el momento han tenido en España en contraposición con otros países y el gravísimo problema de la piratería, obligan a los libreros a intentar un cambio en el concepto de tales establecimientos para adecuarlos a las nuevas tendencias y gustos consumidores de la sociedad.
Las librerías pasarán a ser lugares donde el ocio, entretenimiento y el conocimiento a través de la figura central del libro, en cualquiera de sus formatos, se aunarán para ofrecer así espacios culturales en los que se ofrecerán otras actividades artísticas, musicales y hasta gastronómicas: exposiciones, bares, escuelas de cocinas, actuaciones musicales y un largo etcétera, como incentivos y complementos a la propia oferta de libros que pasará a ser una más dentro de la amplia gama de posibilidades.
En el pasado día 28 de noviembre se celebró el Día de las Librerías, con el lema «Cómo va a sobrevivir la ignorancia si está rodeada de libros», reclamando así el importantísimo papel en la difusión cultural, apoyo y colaboración inestimables con los ciudadanos, porque los libreros son importantísimos agentes culturales que no sólo venden libros, sino que ofrecen información, ayuda y guía a  los lectores en una parcela tan importante como es la difusión de la cultura de la que se nutre toda sociedad.
La confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (Cegal) afirma que  el sector de librerías han sufrido una reducción de un 21% en los últimos cinco años, por el cierre de ese alto porcentaje, acuciados los libreros por la crisis económica y por la bajada consiguiente a la venta de libros, por lo que de los 5.556 librerías que había en España en 2013 (según el Instituto Nacional de Estadística), han pasado a 4.336 (sin tener en cuenta a los grandes almacenes ni centros comerciales), porcentaje lo suficientemente revelador de que las librerías tienen un reto ineludible para su supervivencia en estos momentos de cambios tecnológicos que afecta directamente al sector del libro y  el paulatino efecto en las preferencias de los consumidores.
Sinn embargo, a pesar de este descenso en el número de librerías, hay un dato esperanzador en lo que respecta a la bajada en las ventas de libros, puesto que en el segundo cuatrimestre del año se ha notado que ha habido un descenso del 7,4% en las ventas y un 4,2% en el  número de ejemplares, cifras que son menores a las que se produjeron en los cuatrimestres anteriores, lo que indica que se está frenando dicha caída en ventas que, sin ser cifras positivas, sí indicn una cierta esperanza en que se pueda remontar la caída en ventas a medio plazo, lo que pueda permitir la continuidad en su actividad librera a muchos establecimientos que, de no ser así, se verían abocados al cierre definitivo.
            Las librerías están, por tanto, bajando en su número y cambiando su concepción tradicional, en muchos de los casos, que irán aumentando a corto o medio plazo, convirtiéndose en establecimientos que, además del libro, ofrecerán otras posibilidades culturales entre los que el libro seguirá siendo el núcleo principal o estrella, pero no único en la oferta cultural al público en general que busca siempre nuevas vías de conocimiento, ocio y entretenimiento.
            Diversificando así la oferta, en un intento de que el libro siga estando presente y al alcance de todos, se puede conseguir que quien entra a tomar una copa o ver una exposición puede salir con un libro, lo que siempre es bueno y deseable en un mundo tan cambiante en modas y preferencias de consumo que coloca al libro en el último puesto en la demanda de los consumidores en general –los lectores impenitentes lo vamos a seguir siendo siempre y sin hacer caso de modas o tendencias-, poniéndolo así al alcance de muchos que nunca se sintieron atraídos especialmente por la lectura y que puedan encontrar así más cercano y deseable el mero hecho de comenzar o continuar la siempre fascinante actividad lectora.
         Todas estas iniciativas serán siempre buenas para que el libro, el mejor transmisor del conocimiento y oferente de diversión, sea una opción más de ocio, esparcimiento y cultura  para muchos potenciales lectores que nunca entran en una librería, permitiendo así que los libreros puedan proseguir en su incansable labor de difusión cultural sin tener que abandonar una actividad imprescindible para toda sociedad que no quera caer en la más absoluta barbarie si el libro como tal desapareciera de su entorno y de su alcance, uso y disfrute.